¿Comprar seguidores es delito? No, pero sí puede ser una estafa
En la actualidad, la presencia digital se ha convertido en una herramienta central para los medios de comunicación, figuras públicas y emprendimientos comerciales.
En este contexto, la cantidad de seguidores que un perfil exhibe en redes sociales funciona como una credencial de influencia: más seguidores suelen implicar mayor alcance, y mayor alcance equivale a más posibilidades de atraer anunciantes.
Sin embargo, detrás de esa aparente ecuación simple se esconde una práctica cada vez más extendida: la compra de seguidores falsos. Esta acción, si bien no constituye un delito tipificado en el Código Penal ni en el Código Procesal Penal argentino, sí abre interrogantes éticos profundos y posibles conflictos comerciales.
Legalmente permitido, pero comercialmente engañoso
La compra de seguidores no está expresamente prohibida por la ley. No se considera delito porque no implica, por sí misma, un daño patrimonial directo ni un ardid dirigido a una víctima concreta.
Sin embargo, su uso para inflar artificialmente el alcance real de un medio o de una cuenta comercial plantea dudas relevantes.
Expertos en comunicación digital coinciden en que, cuando un anunciante contrata publicidad basándose en métricas adulteradas —como miles de seguidores que en realidad no existen o no interactúan—, se configura una situación engañosa que puede ser interpretada como una estafa comercial, aunque no necesariamente delictiva.
Un engaño para anunciantes y para el público
El problema no se limita al vínculo comercial. También atraviesa la relación con el público. Una cuenta que aparenta una comunidad que no posee podría vulnerar la confianza de las personas que consumen información, ya que la percepción de masividad influye en la credibilidad del mensaje.
En este punto, más allá del aspecto legal, el debate pasa por la ética profesional:
inflar seguidores para simular relevancia no es honesto con los anunciantes, y puede interpretarse como un engaño tanto para quienes pagan por publicidad como para quienes consumen los contenidos.
La pregunta local: ¿Qué pasa en Villa María?
En Villa María, donde los portales de noticias compiten por captar la atención de una audiencia cada vez más digital, surge inevitablemente el interrogante:
¿Todas las páginas informativas de la ciudad cuentan con seguidores reales, o algunas han recurrido a prácticas de crecimiento artificial?
No existen datos oficiales y cada medio administra sus plataformas de forma independiente. Pero la discusión está instalada en todo el país y, como en cualquier mercado, la transparencia se vuelve clave para construir confianza duradera con el público y con los anunciantes que sostienen la actividad periodística.

